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Title: Khem: Historia y Religión


Horus - September 26, 2011 08:54 PM (GMT)
En Khem, la tierra de las dos orillas, separadas por el caudaloso y ancho Nilo, no tardó en erigirse un nuevo gobernante, Osiris. Ignorante del terrible acto perpetrado por sus padres, y de los motivos que les llevaron a abandonar el mundo, Osiris asumió rápidamente la responsabilidad de la soberanía sobre la tierra de Khem, asumiendo que sus poco agraciados hermanos lo harían igualmente en la Hélade. Una criatura llamó rápidamente la atención de Osiris: el hombre. Nacido entre los animales, el hombre destacaba entre ellos por el manejo de las herramientas, el aprendizaje a largo plazo, y la memoria. Osiris amó a la humanidad, y se comprometió a ayudarla en su desarrollo y crecimiento. Los humanos amaron a Osiris por su generosidad, y alzaron templos en su nombre, enseñando a sus hijos y los hijos de sus hijos a querer y respetar siempre a los dioses, pues ellos garantizan la vida y la fertilidad en la dura tierra de Khem. Isis, soberana de los cielos, como Osiris en la tierra, amó a su hermano, y aceptó convertirse en su cónyuge, y ambos dirigieron el desarrollo de la humanidad. Dos nuevos dioses nacieron durante este tiempo de desarrollo. Del gañido aterrado de un chacal a punto de morir de hambre en el desierto nació Anpw, conocida por los hombres como Anubis, la guardiana de las almas y protectora de los caminantes del desierto. De la risa del primer recién nacido humano consagrado a Osiris nació Bastet, la diosa de la magia, protectora del hogar y de las parturientas. Y de la unión entre Osiris e Isis nació Horus, el de corazón noble, fiel a los designios de su padre Osiris.

Pero una nota discordante había de romper esta armonía. Seth, el hermano de Osiris, había sido testigo de la violación perpetrada por Ahrimán sobre Ahura-Mazda. Nunca jamás reveló el secreto a nadie, y esa semilla de odio y celos arraigó fuerte en su corazón, volviéndolo tan negro como el alabrastro y tan sucio como el aceite de roca. Seth fue el primer dios que aprendió a odiar y a tener envidia. Y su envidia hacia el poder y la prosperidad de Osiris no tenían parangón. Seth ansiaba todo lo que Osiris poseía: su trono, su esposa, el amor de sus súbditos... Y se juró a sí mismo que lo obtendría todo, aún por las malas.

Un día, Seth invitó a Osiris a una reunión, a orillas del río Nilo, donde ningún dios o mortal pudiera presenciarlos. Y allí, lejos de toda mirada, Seth apuñaló por la espalda siete veces a Osiris, y a continuación le rebanó el cuello. No contento con eso, hizo uso de su espada de hoja curva y lo cortó en siete pedazos, esparciéndolos por todos los rincones de la tierra de Arkadia. Y éste es el único crimen de Seth en el que su culpabilidad ha quedado demostrada.

Pero no habría de salirse Seth con la suya. Isis, entristecida y turbada por el cruel asesinato, inició un largo peregrinaje de siete años, uno por cada trozo del cuerpo de Osiris, hasta reunirlos todos y recomponer de nuevo a su esposo. El último trozo que colocó fue el corazón, pero se equivocó y lo colocó en el lado izquierdo del pecho, en lugar de en el derecho, que era donde originalmente estaba situado en todos los seres del mundo. Osiris resucitó, pero su alma quedó para siempre ligada a la Tierra de los Muertos, y ya nunca más pudo volver a reclamar su trono. Isis decidió quedarse con él y asistirle en el Más Allá, negándose a volver a abandonarlo. Desde este día, todos los que nacen de mujer lo hacen con el corazón en el lado izquierdo del cuerpo.

Con un vacío preocupante en el trono del panteón de Khem, Horus no tardó en reclamar el puesto que le pertenecía por derecho. Por desgracia, era aún muy joven, carente de la experiencia y la sabiduría de Osiris. Anubis se comprometió a ayudar a Osiris, convirtiéndose en la protectora y guía de las almas de los difuntos en su complejo viaje al Más Allá. Bastet siguió cumpliendo su trabajo como protectora de los recién nacidos, guardiana del saber y de la magia, y sembradora de vida en Khem. En cuanto a Seth, consiguió convencer a los dioses de ser indultado por su crimen, gracias a su poderosa labia y su talento para la manipulación, y desde entonces no deja de conspirar contra Horus, su declarado enemigo, y de buscar la manera de hacerse con el trono de Osiris y convertirse en el soberano absoluto de Khem.

Horus - September 27, 2011 03:27 PM (GMT)
Las tierras hermanas de Arkadia, Khem y la Hélade, se han desarrollado por cuenta propia, cada una con una visión muy opuesta del mundo y del cosmos. En Khem, una tierra donde predomina el desierto, y donde la vida sólo crece a las orillas del Nilo, los humanos han aprendido a venerar a los dioses, aquellos que les dan la vida, y a amarlos como una parte inamovible del mundo. Los dioses aman igualmente a la humanidad, tal y como les enseñó Osiris, y la ayudan a cada pequeño paso que dan. En Khem, la civilización se desarrolla de manera respetuosa al medio en el que viven, y todo tiene un sentido profundamente místico y religioso para ellos, desde el acto sexual hasta el paso del día a la noche. En Khem, los dioses asumen tres formas: la humana, para relacionarse con los mortales; la natural, en la que adoptan la forma del animal con el que se ha asociado su culto; y la forma divina, en la que se manifiestan como poderosos avatares que combinan atributos humanos y de su animal sagrado.

Cuentan que, tras serle concedido el indulto, Seth construyó su propio santurario en algún lugar del inmenso e interminable desierto, allá donde la mano de los dioses y los hombres no pudiese acceder. Dicho santuario tiene la forma de una colosal pirámide de alabastro invertida, que gira en rotación sobre su propio eje, soportada por medio de magia oscura y del poder del caos desplegado por el propio Seth. El interior de esta pirámide es un terrible laberinto en el que es imposible salir si no es gracias a la voluntad de Seth. Dentro de su mansión, el dios tiene potestad absoluta, y puede modificar la ubicación de salas y habitaciones a placer.

Uno de los más recientes crímenes de Seth tuvo lugar para con Bastet, la amada de Horus. El caótico dios le regaló a la guardiana del saber una majestuosa caja de ébano pintada a mano, la cual le ordenó no abrir bajo ningún concepto, pues el poder que contenía era demasiado para ella, y sólo un dios digno, como Horus o su hermano Osiris, podría hacerlo sin correr riesgos. El comentario ofendió a Bastet, quien no dudó en abrir la caja para demostrar al embaucador que se equivocaba. Al hacerlo, liberó a un poderoso espíritu de la rabia hijo de Seth, que poseyó a Bastet y la convirtió en una criatura sanguinaria y violenta llamada Sekhmet. Enajenada por una rabia infinita, Sekhmet abandonó el panteón y se lanzó a Khem en una oleada de destrucción que casi acabó con toda forma de vida sobre la tierra sagrada. Horus en persona, con ayuda de Anubis, corrió a su encuentro y trató de frenarla, pero la rabiosa Sekhmet no lo reconoció, y le arrancó el ojo derecho de un zarpazo. Finalmente, Horus y Anubis consiguieron, no sin mucho esfuerzo, sellar al espíritu de ira dentro de Bastet, devolviéndola a su estado normal. El ojo mutilado de Horus adquirió conciencia espiritual propia, y se convirtió en símbolo de protección contra el mal. Por desgracia, Bastet nunca volvió a ser la misma, y cada vez que se siente furiosa o provocada, corre el riesgo de ser poseída una vez más por el espíritu de la ira y convertirse en la peligrosa y sanguinaria Sekhmet.

A lo largo de la historia de Khem, Seth ha tenido múltiples hijos, todos ellos monstruos y criaturas abominables. Dos son los más famosos de toda su estirpe: Ammut, el Devorador de Almas, y el Dahaka. Ammut fue concebido una fatídica noche en que Seth drogó a Anubis, y aprovechó su estado de indefensión para violarla y abusar de ella. Anubis dio a luz poco después a Ammut, un monstruoso animal con cabeza de cocodrilo, cuerpo de león y patas traseras de hipopótamo. A pesar de su terrible aspecto, Ammut reconocía a Anubis como su madre, y se negaba a hacerle daño, asi como a Seth. Como pequeña compensación, Seth permitió a Anubis quedarse con la custodia de Ammut, y desde entonces la criatura asiste a la diosa chacal en el juicio del alma, donde ella balancea el corazón del difunto. Si el corazón no está en equilibrio con una hermosa pluma roja, que se dice es del mismísimo Fénix, Ammut engulle el corazón de un bocado, y la víctima queda condenada a vagar para siempre entre el mundo de los vivos y el de los muertos, sin poder pertenecer jamás a ninguno de los dos.

El Dahaka es, sin duda, el más infame y terrible de todos los hijos de Seth. Se desconoce quién es su madre, y el propio Seth se niega a revelarlo. Posee la forma de un gigantesco dragón de sombra, con siete cabezas, que escupen llamaradas púrpuras cada una, y tan poderoso que se dice sería capaz de engullir el mismo sol. Tan poderoso que Horus consiguió convencer a Osiris de la amenaza que semejante bestia suponía para Khem, y el dios soberano accedió a sellarlo en una prisión a medio camino del mundo de los vivos y de los muertos. El sello de la prisión repele la magia oscura de Seth, y el dios es incapaz de liberar a su hijo por sus propios medios, pero aún está buscando la forma de conseguirlo.

Horus - September 28, 2011 12:05 PM (GMT)
En Khem, la figura de un único líder unifica bajo su manto toda la tierra de las dos orillas. Este soberano absoluto es conocido como el Faraón. Los khemmritas veneran al Faraón como algo más que un monarca terrenal, y lo consideran un intermediario entre los hombres y los dioses. El Faraón está realmente bendecido por estos últimos, y es capaz de obrar milagros y dones como si de un hechicero se tratase, desde convocar anualmente la riada del Nilo hasta decretar el paso del día a la noche. A todos los efectos, el Faraón es considerado como la encarnación de Horus en la tierra. A su muerte, el cuerpo del Faraón pasa a convertirse en el avatar de Osiris, y se le entierra con todos los honores en un sepulcro digno de su realeza. Los más ejemplares son, sin lugar a dudas, las fabulosas pirámides de Gizeh, aunque otros muchos Faraones han optado por enterramientos más austeros, pero no por ello menos ostentosos, como los enormes y laberínticos mausoleos escondidos bajo las arenas del Valle de los Reyes, también en Gizeh.

Relatar aquí la historia de todos los faraones que han gobernado Khem desde los tiempos de Osiris sería demasiado largo y tedioso. Los archivos y registros históricos de todos y cada uno de los eventos importantes de Khem, incluyendo la vida y gobierno de todos sus Faraones, están debidamente custodiados en la Gran Biblioteca de Luxor, a disposición de todo aquel que desee consultarlos, siempre que cuente con la venia del Faraón o del Sumo Sacerdote. Nos interesa, no obstante, la historia de los tres últimos gobernantes de Khem, incluyendo el que actualmente ostenta la corona.

Tutmosis fue el último de los Faraones varones, algo que hasta entonces se había consiederado tradicional. Venerado y respetado por su pueblo, Tutmosis llevó a Khem por una era de prosperidad. A menudo se dejaba asesorar por su consorte Nitocris, una respetada vidente, que llegó a ser nombrada por el propio Tutmosis como Suma Sacerdotisa. Lo que nadie sospechó nunca fue que Nitocris era, en realidad, una despiadada bruja, y una de las más poderosas agentes de Seth en la tierra. A todos los efectos, Nitocris fue la verdadera gobernante de Khem, actuando en la sombra y a través de su poderosa influencia en Tutmosis.

Muerto el Faraón, se generó un preocupante vacío en el poder. La costumbre era que el primogénito heredase el trono, pero el primer hijo de Tutmosis fue, de hecho, una mujer, Hapshepsut, y su único hijo varón, Sepis, era apenas un niño. Influenciada por Nitocris, Hapshepsut decidió dar un paso adelante, y asumir ella el trono del Faraón hasta que su hermano cumpliese la mayoría de edad. Anuque formalmente se convirtió en la primera mujer que asumió el puesto de Faraón, Hapshepsut siempre camufló su feminidad, adecuadamente vestida con los atributos del Faraón, barba postiza incluida. El peso de la tradición aún era muy fuerte, y con todo y con eso, no todos vieron el cambio con buenos ojos. La desazón y la resistencia al cambio de algunos fue el caldo de cultivo perfecto para alimentar la discordia, y sin que el Faraón Hapshepsut (se nombraba a sí misma como Él) lo supiera, Khem empezó a dividirse internamente entre quienes la apoyaban a ella y quienes preferían ver en el trono a Sepis. Con el tiempo, Hapshepsut se acomodó en su posición de soberana, y como tal buscó tener su propia línea de descendencia. Y así fue, eligiendo como esposo a un hombre de tez oscura, nativo de Nubia, que le dio un hijo al que el Faraón llamó Amón. Y, sin saberlo, contribuyó con ello al plan maestro de la bruja Nitocris.

Cuando llegó el momento, Nitocris confabuló un complot y envenenó a Hapshepsut, dejando un nuevo hueco en el trono. Para entonces, Sepis ya había madurado y ahora reclamaba el trono que le pertenecía por derecho, pero Amón, primogénito del Faraón, le confrontó. La división entre la población de Khem se hizo más evidente, y finalmente se desencadenó una cruenta guerra civil que duró más de quince años, sumiendo la nación en la pobreza, la miseria y el desastre. Y, mientras, Nitocris se regodeaba, consagrando la masacre y el caos a su dios Seth, quien miraba complacido desde el Panteón la obra de su más aventajada vasalla.

Por desgracia para Nitocris, los planes no salieron según lo esperado. Durante el curso de la guerra, Amón murió como consecuencia de unas fiebres, pero había tenido una hija, Séforah, que heredó todos los rasgos nubios de su padre. Séforah había sido educada por un sacerdote humilde llamado Imhotep, que depositó en ella su esperanza para poner fin a la terrible guerra que asolaba Khem. Imhotep le dio una educación impecable, y le enseñó a repudiar la guerra como solución inmediata a todos los problemas. Con su padre a menudo ausente, Séforah aprendió a querer al sacerdote como a su verdadera figura paterna. Y cuando Amón murió, decidió dar el primer paso.

Sepis encabezó sus ejércitos hasta las puertas de Luxor, ciudad-santuario, donde se cobijaban lo seguidores de Amón. Pero no fue a su hermanastro a quien se encontró encabezando el ejército enemigo, sino a una muchacha de catorce años, con una mirada cargada de determinación. Y éstas fueron las palabras que Sepis oyese de la hija de su enemigo:

La hora del derramamiento de sangre debe terminar ya. No dejemos que nuestro pueblo siga sufriendo por una disputa personal. Mi padre, Amón, ha muerto, y con él la causa que dirigía tu campaña. Yo no alzaré mi mano contra ti, del mismo modo que te pido que no la alces más contra Khem. Mi vida es tuya: cóbrate tu venganza, si así lo deseas, y reclama el trono que tanto ansías.

Y, sin pensarlo, dejó el arma a los pies de Sepis, se arrodilló ante él, y agachó la cabeza, esperando el golpe mortal. Golpe que nunca llegó. Admirado por la entereza de la muchacha, Sepis se quedó sin palabras, y sintió entonces el peso del remordimiento por todo el daño ocasionado a su tierra. Se arrodilló ante Séforah, y le suplicó perdón. Séforah no sólo le perdonó, sino que además le pidió su mano. Cásate conmigo, le dijo, y reconstruyamos juntos la tierra que hemos dejado en ruinas. Sepis accedió sin dudar, y el matrimonio entre ambos selló el cisma que había dividido a Khem por quince largos años.

Cuando supo esto, Nitocris rugió de rabia. Había sobreestimado el poder del odio de Sepis, o tal vez subestimó a la muchachita del difunto Amón. Haciendo uso de todo su poder, la bruja convocó a Seth y le pidió venganza. Durante una noche entera, Nitocris danzó en éxtasis alrededor de una llama, cortándose con un cuchillo sagrado, regando la sangre con su tierra, y lacerándose por doquier. Se cortó la lengua, se arrancó los ojos, y en el último momento, se rebanó el cuello, arrojándose a las llamas. El terrible ritual tuvo el efecto deseado, y poco después de celebrarse el matrimonio entre Sepis y Séforah, una espantosa plaga se desató por toda la tierra de Khem, exterminando a sus habitantes y dejando sus cadáveres putrefactos y cubiertos de forúnculos y pústulas que los hacían irreconocibles. La plaga no duró mucho, pues el poder de Nitocris era limitado comparado con el de Seth, pero sus efectos fueron devastadores. Y dos fueron las víctimas más notables: el recién coronado faraón Sepis, que apenas duró un mes en el trono, y el primogénito de éste y Séforah.

Entristecida y suplicante, Séforah oró a los dioses por el cese del tormento, y no dudó en donar todo el tesoro de palacio a los templos consagrados a Anubis, orando a la diosa por que guiase a las almas de los cientos de miles de difuntos al Más Allá, y les juzgase con clemencia, para que al menos pudiesen gozar de una vida eterna dichosa y pacífica, en compensación por el tormento bajo el que perecieron. No sólo la diosa chacal escuchó sus súplicas, sino que se sintió profundamente conmovida por su devoción y el amor por su tierra. Tanto fue así, que decidió concederle una generosa dádiva: la noche en que ella y los sacerdotes del templo de Anubis en Luxor velaban por el cuerpo del primogénito, antes de ser debidamente momificado, una de las criadas personales de Séforah se reveló como la diosa, y tras sonreírle, impuso sus manos sobre el pequeño. La criada desapareció, y poco después el llanto del bebé quebró el silencio del templo.

Desde entonces, Séforah ha gobernado Khem con justicia y verdadero celo. Es la segunda mujer que ha ocupado el trono del Faraón en la historia de Khem, pero a diferencia de su antecesora Hapshepsut, ella no se ha molestado en disimular sus atributos femeninos. Influenciada por el sabio y recto Imhotep, quien dirige actualmente Luxor como Sumo Sacerdote, Séforah cree que a una persona la definen sus actos, más que la forma bajo la que nazca, y los suyos expresan un sincero y dedicado amor por Khem y sus habitantes. Por si fuera poco, no sólo cuenta con la bendición de Horus, sino también con la de Anubis, a la que recibe como si de una hermana se tratase.

En cuanto a Nitocris, si bien murió en el ritual que convocó la peste, su cuerpo se ha conservado sorprendentemente bien, sin duda a causa de la magia negra. Seth ordenó enterrarla en una tumba subterránea secreta, cuya ubicación sólo conocen unos pocos de sus más leales seguidores. Sus planeas para con ella aún no han terminado... y bien sabe que la poderosa Nitocris puede ser aún más peligrosa y letal si llega a regresar de entre los muertos.




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